Voces de las islas
El vrykolakas: el muerto que vuelve en las islas griegas
Golpes en la puerta, una voz que llama una sola vez y una tumba abierta

En el invierno de 1700 a 1701, el botánico francés Joseph Pitton de Tournefort estaba en Míconos cuando la isla entera se convenció de que un muerto había vuelto. Era un campesino de carácter hosco y pendenciero, asesinado en el campo por desconocidos. A los pocos días del entierro, los vecinos empezaron a decir que de noche recorría el pueblo, volcaba muebles, apagaba las lámparas y golpeaba a la gente dormida. Hubo misas, procesiones y agua bendita; al décimo día abrieron la tumba, le sacaron el corazón y lo quemaron junto al mar. Como los ruidos siguieron, terminaron quemando el cuerpo entero. Tournefort, que lo vio todo, contó la historia con incredulidad y cierta compasión por el miedo de la gente. Ese muerto inquieto tenía un nombre conocido en todo el Egeo: vrykolakas.
Un nombre venido del norte
La palabra no es griega. Viene de las lenguas eslavas vecinas, donde formas parecidas designaban al hombre lobo, con un sentido cercano a «piel de lobo». Al entrar en el griego, el término cambió de criatura: dejó de nombrar a un hombre que se transforma en animal y pasó a nombrar a un muerto que no se queda en su tumba. Según la región se lo conoce también como vourkolakas, y en Creta se registró además el nombre katachanás.
Conviene sacarse de la cabeza la imagen del vampiro de las novelas. El vrykolakas de las aldeas griegas no vive en un castillo ni tiene modales aristocráticos. Es el cuerpo de alguien conocido, hinchado y oscuro, que sale de noche por el mismo pueblo donde vivió. Se sienta sobre el pecho de los que duermen hasta ahogarlos, golpea las puertas, rompe vasijas, enferma a los animales. Y, sobre todo, llama a los vivos por su nombre.
León Alacio, un erudito nacido en Quíos que trabajó en la Biblioteca Vaticana, dejó en 1645 una de las descripciones más citadas. Cuenta que en su isla natal el vrykolakas golpeaba las puertas de noche y llamaba a alguno de los que vivían en la casa: si la persona respondía, moría al día siguiente. Pero nunca llamaba dos veces. Por eso, escribe Alacio, los habitantes de Quíos no contestaban de noche a la primera llamada, y esperaban a oír su nombre repetido antes de abrir.
Quién vuelve y por qué
Las tradiciones recogidas por los folcloristas, sobre todo por Nikolaos Politis a comienzos del siglo XX, enumeran muchas causas. Se temía que volviera quien había muerto excomulgado o bajo una maldición —en especial la de un padre o una madre—, quien no había recibido los ritos completos, quien había muerto de forma violenta o había llevado una vida muy desordenada. En distintas zonas se cuidaba también de que ningún animal, sobre todo un gato, saltara por encima del cadáver antes del entierro.
La idea central es que un cuerpo así no se descompone. En la tradición ortodoxa, algunas fórmulas antiguas de excomunión amenazaban al condenado con quedar «indisoluble» después de la muerte, y una maldición popular, todavía recordada, desea que «la tierra no te digiera». Alacio distinguía incluso un tipo especial, el tympaniaios, el muerto hinchado y tenso como un tambor que la tierra se negaba a recibir.
Los remedios seguían un orden. Primero, oraciones del sacerdote y agua bendita sobre la tumba. Si eso no bastaba, se exhumaba el cuerpo para comprobar su estado. En casos extremos, como el de Míconos, se lo quemaba, una práctica que la Iglesia miraba con recelo. En varias regiones se decía que el vrykolakas solo descansaba en su tumba los sábados, y por eso ese era el día elegido para abrirla.
Santorini, Quíos y el agua salada
Ninguna isla tuvo tanta fama como Santorini. Un jesuita francés que vivió allí, François Richard, dejó en 1657 un relato sobre la isla en el que los vrykolakas ocupan un lugar notable, y los viajeros posteriores repitieron la asociación. Algunos la explicaban por la tierra volcánica, que conservaría los cuerpos mejor que otras. John Cuthbert Lawson, que recorrió las islas entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, recogió un dicho que equivalía a «llevar vrykolakas a Santorini», en el sentido de llevar algo adonde ya sobra.
Lawson anotó además una creencia muy propia de un mundo de islas: el vrykolakas no podía cruzar el agua salada. Según algunos de sus testimonios, por eso los cuerpos sospechosos se trasladaban a islotes deshabitados, donde el muerto quedaba encerrado por el mar. Es difícil saber hasta qué punto estas prácticas fueron frecuentes; lo que sí queda claro es que, en el Egeo, el mar funcionaba también como frontera entre los vivos y los muertos.
Raíces antiguas
¿Es el vrykolakas una creencia eslava importada o tiene raíces en la Grecia antigua? Lawson defendió la segunda opción: para él, el nombre era nuevo, pero el miedo era viejo. Y hay argumentos. Los griegos antiguos temían a ciertos muertos en particular: los que quedaban sin sepultura, los que morían antes de tiempo y los que perecían de forma violenta. En la Odisea, la sombra de Elpenor, un compañero de Odiseo muerto en un accidente y abandonado sin enterrar, le sale al paso en el umbral del Hades:
No te vayas dejándome atrás sin llanto y sin tumba, no sea que me vuelva para vos motivo de la ira de los dioses. Quemame con mis armas y levantame un túmulo a orillas del mar gris.
Homero, Odisea 11 (versión nuestra)
En el siglo II d. C., Flegón de Tralles recogió la historia de Filinion, una muchacha muerta que visitaba de noche a un huésped de la casa de sus padres en Anfípolis, hasta que la descubrieron; su cuerpo fue quemado fuera de las murallas. En la tragedia ateniense aparece además la costumbre del maschalismós, la mutilación del cadáver de una víctima para impedirle, según parece, que se vengara. Y Eurípides, en Alcestis, muestra a Heracles luchando cuerpo a cuerpo con la Muerte junto a una tumba para devolver a una mujer a la vida, el mismo héroe que en otro mito arrastró a Cerbero, el perro que impedía a los muertos salir.
Ninguno de estos textos describe un vrykolakas. Pero todos comparten la intuición de que los muertos necesitan un orden, y de que cuando ese orden se rompe, vuelven. El vrykolakas no es un monstruo de castillo: es un vecino que no terminó de irse. Hoy la creencia se desdibujó, y sobrevive sobre todo en el recuerdo de los mayores y en la manera de nombrar ciertos miedos. Pensala como lo que fue: una forma en que comunidades pequeñas, rodeadas de mar, intentaron explicar las muertes repentinas, las epidemias y las culpas que quedaban sin resolver. Si querés ver dónde queda Santorini respecto de las grandes travesías antiguas, buscala en nuestras Rutas de héroes.
Fuentes de esta leyenda
- Homero, Odisea 11.51–83
- Flegón de Tralles, Libro de maravillas 1
- León Alacio, De Graecorum hodie quorundam opinationibus 1645
- Joseph Pitton de Tournefort, Relation d’un voyage du Levant 1717
- Nikolaos G. Politis, Paradóseis 1904
- John Cuthbert Lawson, Modern Greek Folklore and Ancient Greek Religion 1910

