Islas y Leyendas

Héroes de travesía

Los trabajos de Heracles: un mapa del mundo griego

De las murallas de Tirinto a los confines del Océano

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Acuarela luminosa de Heracles con la piel del león de Nemea sobre la cabeza y la clava en la mano, rodeado de pequeñas escenas de sus trabajos entre colinas doradas y un mar muy azul.

En Tirinto, sobre una colina baja a pocos kilómetros del golfo de Argos, todavía se ven los muros de bloques enormes que los griegos atribuían a los cíclopes. Allí, según el mito, esperaba órdenes el hombre más fuerte del mundo. Y las órdenes no llegaban en persona: el rey Euristeo, aterrado al ver el león muerto que el héroe le trajo de Nemea, le prohibió entrar en la ciudad, se hizo fabricar una tinaja de bronce para esconderse bajo tierra y empezó a mandarle los encargos por medio de un heraldo, Copreo. Así lo cuenta Apolodoro en su Biblioteca, y la escena resume toda la historia: un héroe inmenso al servicio de un rey diminuto.

Por qué el más fuerte obedecía al más débil

La explicación empieza antes del nacimiento. En la Ilíada, Agamenón recuerda el día en que Zeus anunció que nacería un hombre de su sangre destinado a reinar sobre todos sus vecinos. Hera le arrancó un juramento, retrasó el parto de Alcmena y adelantó el de la mujer de Esténelo, que llevaba en el vientre a Euristeo desde hacía apenas siete meses. Así, el reino prometido quedó para el prematuro, y Heracles, para siempre un escalón más abajo.

La segunda causa es más oscura. Ya adulto y casado con Mégara, hija del rey de Tebas, Heracles sufrió un ataque de locura enviado por Hera y mató a sus propios hijos. Para purificarse viajó a Delfos, y la Pitia —que, según Apolodoro, fue la primera en llamarlo Heracles, porque hasta entonces lo conocían como Alcides— le ordenó vivir en Tirinto, servir a Euristeo durante doce años y cumplir los trabajos que este le impusiera. Al terminar, le anunció, sería inmortal.

Los trabajos, en principio, eran diez. Euristeo descontó dos: el de la Hidra, porque Heracles había contado con la ayuda de su sobrino Yolao, y el de los establos de Augías, porque había pedido una paga. Por eso la cuenta terminó en doce. No todos los autores ordenan igual los hechos: en el Heracles de Eurípides, la locura y la muerte de los hijos llegan después de los trabajos, cuando el héroe vuelve del Hades convencido de que lo peor ya pasó. La tragedia invierte causa y efecto, y convierte el triunfo en catástrofe.

Seis encargos sin salir del Peloponeso

Si los ubicás en un mapa, los primeros seis trabajos dibujan un círculo alrededor de Tirinto, todos a pocas jornadas de marcha. El primero fue el león de Nemea, una fiera de piel invulnerable que, según la Teogonía de Hesíodo, Hera había criado en las colinas de esa comarca. Heracles lo estranguló con los brazos y desde entonces usó la piel como armadura: así lo vas a ver en casi todos los vasos pintados.

El segundo lo llevó a la costa, a las ciénagas de Lerna, donde vivía la serpiente de muchas cabezas que contamos en nuestra leyenda de la Hidra. Después vinieron la cierva de Cerinia, de cuernos de oro y consagrada a Ártemis, que persiguió durante un año entero para no tener que herirla; el jabalí del monte Erimanto, que atrapó vivo después de acorralarlo en la nieve profunda; los establos del rey Augías, en la Élide, que limpió en un solo día desviando el cauce de dos ríos, el Alfeo y el Peneo; y las aves del lago Estínfalo, en Arcadia, que hizo levantar vuelo con unas castañuelas de bronce forjadas por Hefesto y regaladas por Atenea, antes de abatirlas a flechazos.

Es una geografía doméstica, de lugares que el público griego conocía. Pausanias, que recorrió la región en el siglo II d. C., todavía señalaba en los montes de Nemea la cueva del león y, junto a una fuente de Lerna, el plátano bajo el cual se había criado la Hidra.

La segunda mitad: hacia el mar y los bordes del mundo

A partir del séptimo trabajo, el mapa se abre de golpe y el héroe de tierra firme se vuelve navegante. Primero cruzó a Creta para llevarse el toro que Poseidón había hecho salir del mar para el rey Minos. Después subió a Tracia, en el norte del Egeo, a buscar las yeguas del rey Diomedes, que se alimentaban de carne humana. El noveno encargo lo mandó hasta el mar Negro, a orillas del río Termodonte, a conseguir el cinturón de Hipólita, reina de las amazonas, porque Admete, la hija de Euristeo, lo quería para ella.

Los dos siguientes lo llevaron al extremo occidental. Para robar las vacas de Gerión, un gigante de tres cuerpos que vivía en la isla de Eritía, junto al Océano, Heracles atravesó Libia y levantó en el estrecho que separa Europa de África dos columnas como recuerdo de su paso: las columnas de Heracles, que hoy asociamos con Gibraltar. Agobiado por el calor, apuntó su arco contra el Sol; el dios, admirado por la audacia, le prestó la copa de oro en la que navegaba cada noche hacia el oriente, y en ella cruzó el Océano. Apolodoro identifica Eritía con Gadira, la actual Cádiz.

Las manzanas de oro de las Hespérides, el undécimo trabajo, también estaban en el borde del mundo, cerca del titán Atlas, que sostiene el cielo. Las fuentes discrepan sobre cómo las consiguió: según una versión, Heracles cargó el cielo sobre los hombros mientras Atlas iba a buscarlas, y después lo engañó para devolverle el peso; según otra, mató él mismo a la serpiente que custodiaba el árbol y las arrancó con sus manos. Apolodoro registra las dos.

El último trabajo no tenía coordenadas en la superficie: bajar al Hades y traer a su guardián. Heracles entró, según Apolodoro, por el cabo Ténaro, la punta sur del Peloponeso, y salió a la luz por Trecén, en la costa de la Argólide, frente a la isla de Poros. Lo contamos en detalle en la leyenda de Cerbero. La sombra del propio héroe se lo resume a Odiseo cuando este visita el mundo de los muertos:

Era hijo de Zeus Crónida y, sin embargo, cargué con penas sin medida: me sometieron a un hombre muy inferior, que me impuso trabajos atroces. Una vez me mandó hasta aquí a buscar al perro: creía que no habría prueba más dura.

Homero, Odisea 11 (versión nuestra)

Doce trabajos, muchas versiones

La lista que hoy recitamos de memoria no es la más antigua. Homero alude a los trabajos en general y al perro del Hades en particular; Hesíodo menciona al león, a la Hidra y a Gerión como monstruos vencidos, sin numerarlos. La serie completa de doce aparece representada hacia el 460 a. C. en las metopas del templo de Zeus en Olimpia, y a partir de entonces se volvió la versión de referencia. Aun así, cada autor ordenó el material a su manera: Diodoro de Sicilia convierte el viaje hacia Gerión en una expedición militar, con flota y ejército.

Además de los doce, Heracles acumuló un sinfín de aventuras laterales —los párerga, como las llamaban los antiguos—: liberó a Prometeo de su roca, luchó con el río Aqueloo por la mano de Deyanira y se embarcó con los argonautas. En el trazado de la nave Argo que dibujamos en nuestras Rutas de héroes vas a encontrar el punto, en la costa de Misia, donde la expedición lo dejó atrás mientras él buscaba a su joven compañero Hilas.

Lo que hace perdurar la historia no es la suma de victorias, sino su forma extraña. Heracles no conquista: obedece, y cada trabajo es castigo y prueba a la vez, impuesto por alguien que le teme. El recorrido, además, tiene lógica de mapa: primero el paisaje conocido, después las islas y los mares, por último los límites del mundo y el reino de los muertos. Es una lección de geografía contada por un pueblo que miraba el horizonte desde sus puertos.

Fuentes de esta leyenda

  1. Homero, Odisea 11.601–626
  2. Hesíodo, Teogonía 287–332
  3. Píndaro, Olímpicas 10
  4. Eurípides, Heracles
  5. Apolodoro, Biblioteca 2.4.12–2.5.12
  6. Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica 4.11–26

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