Héroes de travesía
Jasón y el vellocino de oro: la travesía de la Argo
Un hombre con una sola sandalia y una nave que hablaba

Un día de mercado en Yolco, al pie del monte Pelión, apareció en la plaza un joven extraño. Llevaba dos lanzas, una piel de leopardo sobre los hombros y el pelo largo sin cortar. Y una sola sandalia. El rey Pelias, que lo vio desde lejos, se asustó: un oráculo le había advertido que se cuidara del hombre con un solo pie calzado. Así arranca, en la Pítica 4 de Píndaro, la historia de Jasón, el sobrino que venía a reclamar el trono que Pelias le había quitado a su padre, Esón.
Un pie descalzo en Yolco
La sandalia perdida tiene su propia historia. Apolonio de Rodas cuenta que Jasón la dejó en el barro al cruzar el río Anauro crecido por las lluvias. En las Argonáuticas, Hera revela más adelante que ella misma lo puso a prueba en ese río, disfrazada de anciana, y que él la cargó en brazos hasta la otra orilla. Desde ese momento, la diosa fue su protectora.
Pelias no podía matar a su sobrino sin más, así que le impuso una tarea que parecía imposible: traer de la Cólquide, en el extremo oriental del mar Negro, el vellocino de oro. Ese vellocino tenía detrás otra leyenda de mar. Frixo y Hele, dos hermanos perseguidos por su madrastra, habían huido por el aire montados en un carnero de lana dorada. Hele cayó al agua en el estrecho que desde entonces lleva su nombre, el Helesponto. Frixo llegó a la Cólquide, sacrificó el carnero a Zeus y regaló la piel al rey Eetes, que la clavó en un roble del bosque de Ares y la puso bajo la guardia de una serpiente que nunca dormía.
La primera nave
Para un viaje así hacía falta un barco nuevo. Lo construyó un carpintero llamado Argos, con la ayuda de Atenea, usando pinos del Pelión; por eso la nave se llamó Argo. La diosa le incrustó en la proa un trozo de madera del roble sagrado de Dodona, que tenía voz y podía profetizar. Homero ya la conocía: en la Odisea, Circe le dice a Odiseo que la Argo, «la que todos cantan», fue la única nave que logró pasar entre las rocas errantes. La Argo es la primera nave de la leyenda griega, y su viaje, una manera de contar cómo los griegos descubrieron el mar Negro.
Apolonio abre su poema con esa travesía:
Empezando por vos, Febo, voy a recordar las hazañas de los hombres de antaño que, por orden del rey Pelias, atravesaron la boca del Ponto y las rocas Cianeas en busca del vellocino de oro, impulsando la Argo de firmes bancos.
Apolonio de Rodas, Argonáuticas 1 (versión nuestra)
La tripulación reunía a casi todos los héroes de la generación anterior a Troya: Heracles, Orfeo, Cástor y Polideuces, los hijos alados del viento Bóreas, Peleo y Telamón, el timonel Tifis, Linceo, que veía a través de la tierra. Si estaba también Atalanta, es una discusión que todavía divide a las fuentes.
La ruta, que podés seguir escala por escala en nuestras Rutas de héroes, parece un manual de navegación disfrazado de epopeya. En Lemnos, las mujeres que habían matado a todos los hombres de la isla recibieron a los argonautas, y Jasón tuvo con la reina Hipsípila un hijo, Euneo, que en la Ilíada vende vino a los griegos frente a Troya. En Cícico, los héroes mataron por error, en un combate nocturno, al rey que los había hospedado. En la costa de Misia perdieron a Heracles, que se quedó buscando a su joven compañero Hilas, arrastrado a una fuente por las ninfas; lo contamos en los trabajos de Heracles. Más adelante, el adivino ciego Fineo, liberado de las Harpías, les enseñó cómo cruzar las Simplégades, las rocas que chocaban entre sí a la entrada del mar Negro: soltar una paloma y remar con todas sus fuerzas detrás de ella. La paloma perdió unas plumas de la cola; la Argo, el extremo de la popa. Desde entonces, las rocas quedaron quietas.
Medea en la Cólquide
En Ea, la ciudad de Eetes, junto al río Fasis, el rey no pensaba entregar nada. Le impuso a Jasón una prueba: uncir dos toros de pezuñas de bronce que echaban fuego por la boca, arar con ellos el campo de Ares, sembrar dientes de dragón y vencer a los guerreros armados que brotarían de la tierra. Nadie podía hacerlo solo. Pero Hera y Afrodita habían decidido que la hija del rey, Medea, sacerdotisa de Hécate y experta en hierbas, se enamorara del extranjero.
Medea le dio un ungüento hecho, según Apolonio, con una planta nacida de la sangre de Prometeo, que lo volvió invulnerable durante un día. Jasón sometió a los toros, aró, sembró y, siguiendo el consejo de ella, arrojó una piedra entre los guerreros recién nacidos, que se mataron entre sí. Después, de noche, Medea lo llevó hasta el roble. En las Argonáuticas, ella duerme a la serpiente con su canto y le rocía los ojos con un ramo de enebro mojado en una pócima. En la versión de Píndaro, en cambio, Jasón mata a la serpiente con su astucia. Y una copa ática pintada por Duris, hoy en los Museos Vaticanos, muestra algo que ningún texto conservado cuenta: Jasón saliendo, exhausto, de las fauces del dragón, mientras Atenea observa.
Estrabón, siglos más tarde, ofreció una explicación terrenal: en los torrentes del Cáucaso se recogía oro con pieles de oveja que atrapaban las pepitas, y de esa práctica habría nacido el mito.
El regreso y lo que vino después
La vuelta es la parte más extraña del poema. Para escapar de la flota de Eetes, la Argo no regresó por el Bósforo. Apolonio la hace remontar el Istro, el Danubio, hasta salir al Adriático. Allí Medea atrajo con engaños a su medio hermano Apsirto, que comandaba la persecución, y Jasón lo mató en una isla, junto a un templo de Ártemis. En otras versiones, Apsirto es un niño que Medea llevó a bordo y despedazó para que su padre se demorara recogiendo los pedazos.
Siguieron ríos que en el mapa no se conectan, la isla de Circe, el paso junto a las sirenas, la boda de Jasón y Medea entre los feacios, una tormenta que arrojó la nave a las arenas de Libia, donde los héroes la llevaron a cuestas durante doce días, y finalmente Creta, donde Medea derribó al gigante de bronce Talos. La geografía falla a propósito: el regreso de la Argo es un catálogo de todos los mares que los griegos conocían o imaginaban.
En Yolco, Medea convenció a las hijas de Pelias de que podían rejuvenecer a su padre si lo cortaban en trozos y lo hervían, y las dejó hacerlo. Jasón y ella tuvieron que huir a Corinto. Allí comienza la Medea de Eurípides: Jasón abandona a su esposa para casarse con la hija del rey, y ella se venga matando a la novia, al rey y a sus propios hijos. Pausanias recuerda una tradición distinta, según la cual fueron los corintios quienes mataron a los niños. Al final de la tragedia, Medea le anuncia a Jasón cómo va a morir: golpeado en la cabeza por un resto podrido de la Argo. El hombre que había llegado con una sola sandalia termina aplastado por la nave que lo hizo famoso.
Fuentes de esta leyenda
- Homero, Odisea 12.69–72
- Hesíodo, Teogonía 992–1002
- Píndaro, Píticas 4
- Eurípides, Medea
- Apolonio de Rodas, Argonáuticas
- Apolodoro, Biblioteca 1.9.16–28

