Islas y Leyendas

Bestias del umbral

La Hidra de Lerna: el monstruo que nacía del agua

Un pantano junto al golfo de Argos y una serpiente que se multiplicaba

Anotada el 5 min de lectura

Acuarela de Heracles y Yolao enfrentando a la Hidra de muchas cabezas entre juncos y agua azul de un pantano costero, con antorchas encendidas y el golfo brillando al fondo.

Si bajás por la costa desde Argos hacia el sur, a los pocos kilómetros la ruta pasa junto a un pueblito llamado Myloi, con el mar a la izquierda y la montaña a la derecha. Ahí el agua sale de la roca por todas partes: manantiales que corren entre cañas, acequias, pequeños estanques que desembocan en el golfo. Ese lugar es Lerna. En la Antigüedad era un pantano famoso, y los arqueólogos encontraron en una loma cercana una gran casa de la Edad del Bronce. Pero para los griegos Lerna era, ante todo, la guarida de la Hidra.

Un monstruo hecho de agua

El nombre ya lo dice: en griego, hýdra es una serpiente de agua. Hesíodo la presenta en la Teogonía como hija de Tifón y Equidna, la misma pareja que engendró a Cerbero, y agrega un detalle decisivo: la crió Hera, que no perdonaba a Heracles por ser hijo de Zeus con otra mujer. El monstruo existía, por así decirlo, con un destinatario.

En tercer lugar parió a la Hidra de Lerna, experta en desgracias, a la que Hera, la diosa de brazos blancos, crió con un rencor sin fin contra la fuerza de Heracles.

Hesíodo, Teogonía (versión nuestra)

El paisaje explica mucho. Lerna estaba llena de leyendas acuáticas. Allí Poseidón, para conquistar a Amimone, una de las hijas de Dánao, hizo brotar las fuentes que llevan su nombre. Allí estaba también el lago Alcionio, que según Pausanias no tenía fondo: el emperador Nerón mandó atar sogas de muchos estadios para medirlo y no lo consiguió, y por ese lago, decían los lugareños, Dioniso había bajado al Hades a buscar a su madre, Sémele. Pausanias vio además, junto a la fuente de Amimone, el plátano bajo el cual se había criado la Hidra.

Leída en ese contexto, la Hidra es un monstruo hecho de paisaje: agua que brota por todas partes y no se deja secar. Algunos lectores modernos la interpretaron justamente así, como el recuerdo de un pantano imposible de drenar, donde cada manantial tapado abre otro. Es una hipótesis atractiva, pero conviene tomarla como tal: ningún autor antiguo la formula.

La batalla en la ciénaga

La versión más completa de la lucha está en la Biblioteca de Apolodoro. La Hidra salía del pantano para devorar ganado y arrasar los campos. Heracles fue con su sobrino Yolao, que manejaba el carro, la encontró en una loma junto a las fuentes de Amimone y la obligó a salir de su madriguera con flechas encendidas. Cuando la tuvo enfrente, la agarró; el monstruo se le enroscó en una pierna. El héroe empezó a golpear las cabezas con la clava, pero por cada una que destrozaba brotaban dos.

Para peor, apareció un cangrejo gigante que acudió en ayuda de la Hidra y le mordía el pie. Heracles lo aplastó y llamó a Yolao. El sobrino prendió fuego a una parte del bosque cercano y, con tizones encendidos, fue quemando el muñón de cada cuello cortado para que no volviera a crecer. Así quedó vencida la regeneración. Quedaba la cabeza del medio, que era inmortal: Heracles se la cortó, la enterró y puso encima una roca pesada, junto al camino que iba de Lerna a Eleunte. Después abrió el cuerpo del monstruo y mojó las puntas de sus flechas en la hiel.

El triunfo no le sirvió del todo. Euristeo, que llevaba la cuenta, se negó a contar este trabajo entre los diez prometidos, porque Heracles había tenido ayuda. Por esa trampa contable, que contamos en nuestra leyenda de los trabajos de Heracles, la lista final terminó teniendo doce.

¿Cuántas cabezas?

Pocas criaturas griegas tienen una cifra tan inestable. Hesíodo no da número. Apolodoro le atribuye nueve, ocho mortales y una inmortal en el centro. Eurípides, en el Heracles, la llama «perra de Lerna» de cabezas innumerables. Diodoro de Sicilia habla de cien cuellos que salían de un solo cuerpo, cada uno con su cabeza de serpiente. Los pintores de vasos dibujaron desde cinco hasta una docena, según el espacio disponible.

El testimonio más sorprendente es el de Pausanias. Después de describir el plátano y las fuentes, el viajero escribe que está dispuesto a creer que la Hidra fue una serpiente de agua más grande que las demás y con un veneno tan mortal que Heracles lo usó en sus flechas; pero que, en su opinión, tenía una sola cabeza. Quien la multiplicó, dice, fue el poeta Pisandro de Camiro, para que la bestia diera más miedo y sus versos impresionaran más. Es una de las pocas veces en que un autor antiguo nos dice, sin rodeos, que un detalle famoso del mito es invento de un poeta.

Estrabón, por su parte, conserva otra memoria del lugar: dice que en el lago de Lerna se arrojaban las impurezas de los ritos de purificación, y que de ahí venía el dicho «una Lerna de males», que en griego significaba una acumulación de desgracias. El pantano, en todos los sentidos, era un lugar adonde iba a parar lo que nadie quería ver.

Un veneno que no se agotaba

Lo más inquietante de la Hidra es lo que sigue después de su muerte. Las flechas empapadas en su hiel se convierten en el arma más letal de la mitología, y casi todas las historias que tocan terminan en tragedia. Una de ellas hirió por accidente al centauro Quirón, maestro de héroes, que era inmortal y no podía morir, pero tampoco curarse: Apolodoro cuenta que terminó cediendo su inmortalidad a Prometeo para que el dolor acabara.

Otra mató al centauro Neso, que había intentado forzar a Deyanira, la esposa de Heracles, mientras la cruzaba por un río. Antes de morir, Neso le dijo a Deyanira que guardara su sangre como filtro de amor. Años después, celosa, ella untó con esa sangre una túnica para su marido. La sangre del centauro llevaba el veneno de la Hidra, y la túnica empezó a quemarle la carne. Sófocles convirtió ese final en las Traquinias: el héroe que venció a todos los monstruos muere por un monstruo que ya estaba muerto, a través de las manos de la persona que más lo quería.

El arco y las flechas pasaron después a Filoctetes, y con ellos, según la tradición troyana, murió Paris. Pausanias recoge incluso una explicación local para el olor fétido del río Anigro, en la Élide: allí se habría lavado la herida un centauro alcanzado por esas flechas.

Si mirás el mapa de nuestras Rutas de héroes, vas a ver que Lerna queda a un paso de Tirinto, la base de Heracles. Así funcionan muchos mitos griegos: un pantano conocido, a media jornada de casa, puede guardar el veneno que, siglos de relato después, termina alcanzando a Troya.

Fuentes de esta leyenda

  1. Hesíodo, Teogonía 313–318
  2. Sófocles, Traquinias
  3. Apolodoro, Biblioteca 2.5.2
  4. Diodoro de Sicilia, Biblioteca histórica 4.11.5–6
  5. Estrabón, Geografía 8.6.8
  6. Pausanias, Descripción de Grecia 2.37.4–5

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